Asunto Libros: El Exorcista

El terror y el mal ambiente nos van. Nos gusta pasar miedo, horrorizarnos, quedarnos mudos de impresión. Las historias naif tienen su público y su momento, pero para lo tenebroso siempre podemos encontrar un hueco. Quizá sea porque nos gusta acercarnos a cosas que en la vida real no podríamos soportar. Quizá nos gusta lo exótico, de alguna manera: aquello que no vamos a vivir pero con lo que nos gusta fantasear, por tenebroso que resulte. O quizá, rizando el rizo de esta existencia nuestra, tan llena de matices, sea por todo lo contrario: porque asomarnos a una historia terrorífica es un poco asomarnos a nuestras propias miserias, a aquello oscuro e inconfesable que llevamos en nuestro interior. Buscamos fuera lo que no nos atrevemos a mirar a los ojos por dentro.

El exorcista es un ejemplo impagable de esta manera de entender el terror como una ojeada al abismo interno.

Sí, todos recordamos la película, tan explícita, tan impactante en su momento, tan llena de momentos que quizá ahora nos parecen grotescos, de tan refinados como nos hemos vuelto, pero que pueden perseguirnos cuando nos vamos a dormir. Imaginar que una niñita inocente puede convertirse en un monstruo maledicente, burlón y sanguinario por “accidente”… alimenta las pesadillas de cualquiera.

Pero el libro, como pasa tantas veces, tiene una profundidad, una carga emocional muy superior, porque no se centra tanto en la supuesta posesión (el adjetivo “supuesta” es intencionado) como en las dudas, reflexiones y altibajos que provoca en el verdadero protagonista de una historia que, precisamente, le otorga su título: el exorcista.

Resumen para personas que no vivan en el planeta Tierra: Regan, la hija pre-adolescente de una conocida actriz cinematográfica, pasa en poco tiempo de ser una dulce niña a una suerte de engendro de la naturaleza. Comienza diciendo palabrotas, orinándose encima, teniendo calor cuando hace frío… y acaba totalmente demenciada, hablando idiomas que no ha aprendido, insultando a su madre y a cualquiera que se le acerque, blasfemando, contorsionando su cuerpo de maneras imposibles. Tras visitar a innumerables médicos, la última opción se presenta como una locura que hay que probar: el exorcismo. Para ello es llamado el Padre Karras, un joven sacerdote que nunca ha realizado semejante ritual y que, de hecho, se muestra bastante reticente a llevarlo a cabo. Porque él, moderno, heterodoxo, licenciado en Psiquiatría, no puede en conciencia hacer algo así si cree que puede haber otra explicación para el estado de Regan.

Durante más de tres cuartos de la novela, el padre Karras se dedica a intentar buscar respuestas científicas, fisiológicas, físicas y mentales a la “enfermedad” de su “paciente”. Histeria, sonambulismo, esquizofrenia… Vamos a aprender mucho, como lectores, de síntomas, males y demencias. Pero sobre todo, vamos a ser testigos de cómo un hombre cuya vida se basa en la fe… puede tener miedo de ella.

Porque ése es el quid, el leit motiv de este apasionante libro: la crisis de fe del protagonista. Y no es una crisis de fe al uso. No se trata de “he tenido un problema y ahora aquello en lo que creía ya no me parece digno de esa creencia”. No. El tema es que, de algún modo, aceptar que realmente podría haber un demonio dentro de Regan… sería constatar de manera inequívoca que la fe tiene un sentido. Que la vida de Karras tiene un sentido. Y a todos se nos llena la boca con el sentido de la vida, pero a veces, cuando realmente lo tenemos al alcance de los dedos… nos da miedo mirarlo directamente. Porque quizá estábamos equivocados. O quizá no es cómo lo imaginábamos. O quizá, simplemente, preferimos vivir en la incertidumbre, que es más cómoda.

Para los amantes del terror per se, cada incursión del padre Karras en la habitación de Regan se convierte en un momento de ésos para coger aire: no sabemos nunca lo que va a ocurrir, qué triquiñuela utilizará, qué horror saldrá de su boca o de su cuerpo.

Para los amantes de los retratos del alma humana, El exorcista, de William Peter Blatty, fallecido en enero de 2017 y guionista de la célebre película basada en su novela cumbre es una de esas lecturas apasionantes que no puedes dejar una vez la has comenzado. Porque ya lo decía Nietzsche: cuando miras al abismo… el abismo te mira a ti.

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